Siempre se suele decir que lo que te ocurre en la infancia es lo que más se recuerda. A pesar de no tener una memoria prodigiosa (yo diría que, sin más, la tengo muy selectiva) recuerdo ciertas cosas de la mía. Y una de ellas es a mi madre cantando. Solía saltar con canciones cuya letra coincidiera con las frases que escuchaba (bueno, sin exagerar y si era una frase conocida). Alguien le preguntaba: “Mamá, sabes dónde estás mis llaves?” A lo que respondía cantando: “dónde están las llaves matarile, rile rile”. Otras veces, poco después de contarle una historia (“…sí, se va por el camino ese que cruza…”) le sorprendías cantando “Por el camino verde, camino verde…”
Pues bien, esta simple anécdota, aparentemente tonta, no es baladí. Hace un tiempo, no recuerdo dónde pero sí la compañía, una amiga mía me sorprendió con esta pregunta: ¿por qué cantas una canción con cada cosa que digo? En aquel momento recordé que esas misma pregunta la solía hacer yo y vi claro de quién me venía esa curiosa costumbre.
Y es que hay personas con las que todo suena a música. Personas que siempre te sorprenden con canciones nuevas, con canciones que alguna vez habías oído y no sabías su autor o su título, o que ninguno de los dos sabéis qué canción es pero os encanta, y otras personas que transforman todo en una canción, que necesitan de la música, que ni sabrán un título ni quién canta, apenas se saben la letra, solo la frase justa para reflejar un momento en cuatro notas bien situadas.
La creadora del blog y una servidora tenemos la suerte de contar con gente mayor por delante de nosotras que ha contribuído desde que éramos enanas en el fomento (nunca mejor dicho) del gusto por la música. Y, sin ánimo de ser hortera, es algo que se lleva dentro. Las dos persistimos en el estudio de un instrumento, ella piano y yo guitarra clásica (aunque he de decir que ella fue más perseverante). Se nos ponen los pelos de punta con ciertas canciones, en muchas coincidimos, en muchas no. Pero no caemos en la indiferencia cuando escuchamos una melodía nueva. Conocemos, por supuesto, canciones de nuestra época, canciones que escuchamos en un momento concreto y se nos graban. Nos acordamos perfectamente de las canciones que ponían nuestros hermanos en su época (que al fin y al cabo también fue nuestra), las que llevaban nuestros padres en el coche, -quienes supongo que también fueron ‘instruídos’ en este arte de artes. Es lo que tiene pertenecer a una generación de mayores en la que todo suena a música. Todo se pega menos la hermosura.